Hemos leído, cómo se presentó
Jesús a Santa Faustina; cómo le mandó pintar la Imagen que ella vio. Ella no
era pintora, pero su director espiritual, le presentó a un pintor, Eugene
Kazimierowski, que él conocía y al que encargaron el lienzo. En su Diario,
escribe lo siguiente: << Una vez, cuando estaba en [el taller] de aquel pintor que pintaba esa
imagen, vi que no era tan bella como es Jesús. Me afligí mucho por eso, sin
embargo lo oculté profundamente en mi corazón. Cuando salimos del taller del
pintor, la Madre Superiora se quedó en la ciudad para solucionar diferentes
asuntos, yo volví sola a casa. En seguida fui a la capilla y lloré muchísimo.
Le dije al Señor: ¿Quién Te pintará tan bello como Tú eres? Como respuesta oí
estas palabras: No en la belleza del
color, ni en el pincel, está la grandeza de esta imagen, sino en Mi gracia.
>> (D. 313)
Supongo que no debe ser fácil para un pintor,
por muy experimentado que éste sea, plasmar en un lienzo lo que otra persona ha
visto. Cuánto más difícil, por no decir imposible, debe ser reflejar la
Divinidad de Jesús.
No obstante, a partir de lo sucedido en el
taller del pintor, y de las palabras en la capilla; Jesús en un acto de inmensa
ternura y delicadeza, se presenta a Santa Faustina << con el mismo
aspecto que tiene en esta imagen >>, frase que repite con frecuencia en
su Diario, cuando Jesús se aparece ante ella.
Por lo tanto Jesús da su aprobación o visto
bueno, a la Imagen con que desea que Le identifiquemos; para que se divulgue, y
que todos conozcan su aspecto físico.
Sin embargo, conocer, sentir o vivir, la
divinidad de Jesús, en todas las facetas y perfecciones de Su dimensión Divina;
es, simplemente, imposible para un ser humano, que por su naturaleza, es
imperfecto, limitado y está sujeto a las leyes de la temporalidad de su existencia
en la Tierra. En su Diario, escribe Santa Faustina: << Y de aquel
resplandor se oyó la voz: Quién es Dios
en su esencia, nadie lo sabrá, ni una mente. Jesús me dijo: Trata de conocer a Dios a través de meditar
sus atributos. >> (D: 30)
Si leemos detenidamente los
Evangelios; desde mi punto de vista, para algunos, quizás simplista o escueto;
podemos observar en el Nacimiento de Jesús, y con posterioridad en su vida
pública, tres cualidades o atributos de Dios, fundamentales; que en las
revelaciones a Santa Faustina, pueden apreciarse claramente en su Diario.
El primer atributo es el Amor.
Dios para dar cumplimiento a la promesa de salvación del pueblo judío,
realizada a nuestros antepasados en el Antiguo Testamento; realiza el acto más
sublime de Amor, enviando al Espíritu Santo a un pueblecito de Judea, llamado
Nazaret, para que con su manto cubriera a una jovencita llamada María, que
previamente con su, “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu
palabra” aceptó incondicionalmente llevar en su seno al Hijo de Dios y
convertirse en la Madre del Salvador.
Esta consecuencia del Amor de
Dios, que es Jesús, años más tarde, reconocería públicamente, que Dios, le
había enviado; que Dios es nuestro Padre; un Padre cercano, comprensivo,
respetuoso con nuestro libre albedrío a pesar de los sufrimientos que le
causamos con nuestras decisiones; y lleno de paciencia y de Amor, esperando
ansiosamente que con nuestro libre albedrío, decidamos volver a la Casa del
Padre, donde Él nos espera; como en la maravillosa parábola del hijo pródigo.
Jesús públicamente también, nos
dio el mandamiento del amor: << Amarás al Señor tu Dios, sobre todas las
cosas; y a tu prójimo como a ti mismo >>.
Y reconoció que Él es el
auténtico << Camino, Verdad, y Vida >>; y que sólo a través de Él,
podemos llegar al Padre.
Reconoce que es un Camino estrecho y angosto.
Difícil y duro para nuestra condición humana, me atrevería a decir. Pero lleno
de autenticidad, de alegría, de gozo y de paz.
Alegría de comprobar con cada
paso, que estamos en el Camino correcto, que lleva al encuentro de nuestro
Padre. Alegría al comprobar que con nuestros resbalones, tropiezos y caídas,
podemos contar con la ayuda incondicional de Nuestro Salvador y de Nuestra
Madre la Virgen María, que siempre nos socorren y atienden.
Gozo de sentir la presencia de
Dios más cerca de nosotros, aun cuando Él siempre está en nosotros.
Y paz, esa paz profunda y
reconfortante, que ningún vaivén de la vida, puede arrebatarnos, porque está
basada en una relación de entera confianza y amor entre el Creador, que con
Amor, se entrega a todos; y la creatura, que sin temor, le acoge y le entrega,
todas sus debilidades, limitaciones, infidelidades, preocupaciones,
sufrimientos y vicisitudes de la vida; con la certeza de que sus oraciones, son
permanentemente escuchadas y atendidas por Dios; que siempre, responde con su
ayuda.
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