
“Queridos hijos, al miraros reunidos en torno a mí, vuestra
Madre, veo muchas almas puras, a muchos hijos míos que buscan el amor y la
consolación, pero que nadie os la ofrece. Veo también a aquellos que hacen el
mal, porque no tienen buenos ejemplos, no han conocido a mi Hijo: ese bien que
es silencioso y se difunde a través de las almas puras, es la fuerza que
sostiene este mundo. Los pecados son muchos, pero también existe el amor. Mi
Hijo me envía a vosotros, la Madre, la misma para todos, para que os enseñe a
amar y comprendáis que sois hermanos. Él desea ayudaros. Apóstoles de mi amor,
es suficiente un vivo deseo de fe y amor y mi Hijo lo aceptará; pero debéis ser
dignos, tener buena voluntad y corazones abiertos. ¡Mi Hijo entra en los
corazones abiertos! Yo, como Madre, deseo que lleguéis a conocer mejor a mi
Hijo, Dios nacido de Dios, para que conozcáis la grandeza de Su amor, del que
vosotros tenéis tanta necesidad. Él ha tomado sobre sí vuestros pecados, ha
obtenido la redención para vosotros, y a cambio, os ha pedido que os améis los
unos a los otros. Mi Hijo es amor, Él ama a todos los hombres sin distinción, a
los hombres de todas las naciones y de todos los pueblos. Si vivierais, hijos
míos, el amor de mi Hijo, Su Reino estaría ya en la Tierra. Por eso, apóstoles
de mi amor, orad, orad para que mi Hijo y Su amor estén más cerca de vosotros,
para poder ser ejemplo del amor y poder ayudar a todos aquellos que no han
conocido a mi Hijo. Nunca olvidéis que mi Hijo, Uno y Trino, os ama. Orad y
amad a vuestros pastores. ¡Os doy las gracias!”