Vivimos en una sociedad, en la que las
personas planifican sus vidas, sus prioridades y necesidades de espaldas a Dios
o cuando menos sin tenerlo mucho en consideración.
Si así obramos, emprendemos un camino que paulatinamente
nos aleja de Él. La consecuencia inmediata, es el debilitamiento progresivo en
la fuerza de nuestro espíritu, al tiempo que la razón humana se sobrestima y se
impone.
Cuando esto sucede, nos centramos más en
nosotros mismos, en lo que queremos, necesitamos, deseamos; sin importarnos
demasiado, el bien que dejamos de hacer, o el mal que causamos intentándolo
conseguir por cualquier medio.
¿El resultado?, en el mejor de los casos, una
posición social buena, un patrimonio que nos haga sentirnos orgullosos, un
prestigio profesional o empresarial que nos satisfaga; pero si esto es lo único
a lo que aspiramos en la vida y en lo que gastamos nuestro tiempo, jamás
conoceremos la alegría de la auténtica felicidad.
Porque aunque nuestra razón humana se
encuentre satisfecha, en el fondo de nuestro ser, el espíritu que poseemos es
consciente de lo alejados que estamos de Dios, del bien que no hemos hecho, del
mal que hemos causado. E inevitablemente razón humana y espíritu entran en
conflicto.
Conflicto, en el que, sólo, el Amor
Misericordioso de Jesús, puede rescatarnos y salvarnos. Para ello sólo es
necesario tomar conciencia del mal camino en el que estamos, y abrir nuestro
espíritu y nuestro corazón a la Misericordia Divina, sin ningún miedo.
Porque Jesús nos espera siempre con los
brazos abiertos, para que nos reconciliemos con Él.
Jesús no ha venido para castigarnos, sino
para salvarnos. Cuanto antes asumamos ésta realidad, más fácil nos resultará la
reconciliación con Él.
En el apartado D. 1160 Santa Faustina
escribe: Una vez, cuando pregunté al Señor cómo podía soportar tantos delitos y
toda clase de crímenes sin castigarlos, el Señor me contestó: Para castigar tengo la eternidad y ahora
estoy prolongándoles el tiempo de la misericordia, pero ay de ellos si no
reconocen este tiempo de Mi visita. Hija Mía, secretaria de Mi
misericordia, no sólo te obligo a escribir y proclamar Mi misericordia, sino
que impetra para ellos la gracia para que también ellos adoren Mi misericordia.
No nos dejemos llevar por esa filosofía
simplista y equivocada de que vivamos lo mejor que podamos, que son dos días y
hay que disfrutar todo lo que podamos.
Es cierto que si comparamos los años de vida
del ser humano, con todos los milenios en que hay constancia de la existencia
de las personas en éste mundo, son dos días lo que vivimos.
Pero dos días que nos han sido concedidos,
para que libremente elijamos que hacer con ellos.
Dice Jesús en el apartado D. 1190.- De todas Mis llagas, como de arroyos, fluye
la misericordia para las almas, pero la herida de Mi Corazón es la Fuente de la
Misericordia sin límites, de esta fuente brotan todas las gracias para las
almas. Me queman las llamas de compasión, deseo derramarlas sobre las almas de
los hombres. Habla al mundo entero de Mi Misericordia.
Si nuestra razón humana, nos impide ver las
llamas y sentir el calor del Amor Misericordioso de Jesús, habremos pasado por
éste mundo sin pena ni gloria; habremos desaprovechado nuestra oportunidad de
confiar plenamente en nuestro Salvador, de abrazarnos a su Misericordia divina.
Por eso hay que divulgar incansablemente la
Veneración a la Misericordia Divina, dar a conocer las palabras de Jesús, que
escribió Santa Faustina e impetrar, es decir pedir con insistencia la gracia de
que todos conozcan el Amor Misericordioso de nuestro Salvador.